Delincuentes juveniles
Octubre 04 de 2007 Un universitario asesinado y un policía acuchillado en la cabeza en una discoteca, muchachos atacados al interior de una chiva rumbera. Estos no son hechos aislados, son el resultado, en el último mes, de enfrentamientos entre pandillas juveniles de estrato 6 en la capital vallecaucana.
El fenómeno ya se había detectado hace unos dos años e involucró lo más ‘granado’ de las nuevas generaciones caleñas. ¿A qué se debe este nuevo brote de violencia e intolerancia entre jovencitos de ‘familias bien’?
Las pandillas juveniles son un fenómeno global que lo padecen las urbes de países del tercer mundo, EE.UU. y Europa. Sus características dependen del contexto. En España, expertos aseguran que ciertos elementos como el desarraigo y la desubicación aglutinan a los latinos. En Francia, también son los hijos de emigrantes, que se sienten desplazados y sin oportunidades económicas y laborales, los que han formado estas galladas. En Centroamérica, las famosas maras han llegado a intimidar a los mismos organismos del Estado y han traspasado las fronteras. En Colombia, las barras bravas y las pandillas de las comunas nororientales de Medellín son las tribus urbanas que más presencia mediática han tenido.
Sin embargo, lo que se vive en Cali tiene unas peculiaridades diferentes que merecen especial atención y estudio. Una cosa son las pandillas que operan en el Distrito de Aguablanca, con jóvenes nacidos en un entorno agresivo por naturaleza y en muchos casos intimidados para reclutarlos, con problemas de guerras territoriales, consumo de drogas y alcohol, promiscuidad y prostitución, robos y asaltos. Otra cosa, y bien diferente, son los chicos de los barrios del norte y sur, que lo tienen todo, que lo han recibido todo y que creen que también se lo merecen todo, que deciden armar su propia pandilla.
¿Son, como aseguran las autoridades, simples manifestaciones de contracultura y agrupaciones temporales con intereses y gustos que los identifican y los llevan a armar tropeles? Los interrogantes para los diversos actores de esta sociedad, padres de familia, educadores, sociólogos, sicólogos y autoridades, son: ¿qué lleva a un joven a conformar y alistarse en una pandilla? ¿Cuáles son las actividades de estas agrupaciones violentas y quién los respalda? ¿Qué se puede hacer para contrarrestar este fenómeno?
Me da mucha pena con los papás y los directores de los centros educativos que desean impedir más escándalo, pero las cosas hay que llamarlas por su nombre. Estas pandillas son grupos de delincuentes que deben ser denunciados y juzgados por sus actuaciones. El ser menores de edad, algunos de ellos, no se constituye en una justificación para encubrir sus actos. Hay asesinos entre ellos que ya empezaron una carrera criminal y que entrarán pronto en grandes estructuras delincuenciales. ¿Qué sigue para ellos y sus familias? El problema es de orden mayor y merece igual atención.
Octubre 04 de 2007
Un universitario asesinado y un policía acuchillado en la cabeza en una discoteca, muchachos atacados al interior de una chiva rumbera. Estos no son hechos aislados, son el resultado, en el último mes, de enfrentamientos entre pandillas juveniles de estrato 6 en la capital vallecaucana.
El fenómeno ya se había detectado hace unos dos años e involucró lo más ‘granado’ de las nuevas generaciones caleñas. ¿A qué se debe este nuevo brote de violencia e intolerancia entre jovencitos de ‘familias bien’?
Las pandillas juveniles son un fenómeno global que lo padecen las urbes de países del tercer mundo, EE.UU. y Europa. Sus características dependen del contexto. En España, expertos aseguran que ciertos elementos como el desarraigo y la desubicación aglutinan a los latinos. En Francia, también son los hijos de emigrantes, que se sienten desplazados y sin oportunidades económicas y laborales, los que han formado estas galladas. En Centroamérica, las famosas maras han llegado a intimidar a los mismos organismos del Estado y han traspasado las fronteras. En Colombia, las barras bravas y las pandillas de las comunas nororientales de Medellín son las tribus urbanas que más presencia mediática han tenido.
Sin embargo, lo que se vive en Cali tiene unas peculiaridades diferentes que merecen especial atención y estudio. Una cosa son las pandillas que operan en el Distrito de Aguablanca, con jóvenes nacidos en un entorno agresivo por naturaleza y en muchos casos intimidados para reclutarlos, con problemas de guerras territoriales, consumo de drogas y alcohol, promiscuidad y prostitución, robos y asaltos. Otra cosa, y bien diferente, son los chicos de los barrios del norte y sur, que lo tienen todo, que lo han recibido todo y que creen que también se lo merecen todo, que deciden armar su propia pandilla.
¿Son, como aseguran las autoridades, simples manifestaciones de contracultura y agrupaciones temporales con intereses y gustos que los identifican y los llevan a armar tropeles? Los interrogantes para los diversos actores de esta sociedad, padres de familia, educadores, sociólogos, sicólogos y autoridades, son: ¿qué lleva a un joven a conformar y alistarse en una pandilla? ¿Cuáles son las actividades de estas agrupaciones violentas y quién los respalda? ¿Qué se puede hacer para contrarrestar este fenómeno?
Me da mucha pena con los papás y los directores de los centros educativos que desean impedir más escándalo, pero las cosas hay que llamarlas por su nombre. Estas pandillas son grupos de delincuentes que deben ser denunciados y juzgados por sus actuaciones. El ser menores de edad, algunos de ellos, no se constituye en una justificación para encubrir sus actos. Hay asesinos entre ellos que ya empezaron una carrera criminal y que entrarán pronto en grandes estructuras delincuenciales. ¿Qué sigue para ellos y sus familias? El problema es de orden mayor y merece igual atención.
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